Quizás no sea fácil vivir el verdadero cristianismo, pero te aseguro que ningún reto en tu vida superará a este. ¡Pruébalo! Dile "Sí" a Jesús y acepta el reto.

"No te arrepentirás"


 

 

 

 

 

 

IGLESIA CRISTIANA EN HUÉRCAL-OVERA

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El erizo

   Era un día caluroso del mes de mayo, concretamente el día 18 del año 2010, cuando como de costumbre a las 10 de la mañana fui a cerrar la gran llave de paso que suministraba agua a un lago del campo de golf donde trabajo.
Entre prisas me pareció ver algo que no solía estar entre la llave de paso, mientras la cerraba…  Sería una planta seca, espinosa. Pero ayer no estaba en este lugar, pensé. Así que para no pincharme, decidí quitarla con la ayuda de una rama seca que encontré por allí. Cuál fue mi asombro cuando aquello se movió al tocarlo. Fue entonces cuando me di cuenta que aquello de apariencia pinchosa, no era una planta sino un erizo.
No era la primera vez que veía un erizo, pero en este caso vi claramente que este se encontraba en graves problemas, pues las llaves de paso se encuentran a casi un metro de profundidad respecto al suelo, por lo tanto, este animal había caído a un sitio donde ni podría salir por sí mismo ni alimentarse. Lo dejé allí y me fui.
Al día siguiente volví como de costumbre a las diez de la mañana y aquel animal seguía allí. Pensé que si no lo sacaba yo, moriría sin remedio, pero tenía mucha prisa ese día, así que me fui. Pero mientras me alejaba, me remordió la conciencia. Quizás no tenga otra oportunidad de salvarlo, pensé. Me puse manos a la obra. Cogí un guante recio para no pincharme, pero cuanto más intentaba cogerlo, más se metía entre la llave de paso, estaba hecho una bola de pinchos, no asomaba ningún miembro. Cogí un palo largo, pero resultó inútil, aquel erizo me estaba haciendo sudar a chorro. Pero ¿es que no sabía que si no me dejaba sacarlo moriría?. Ciertamente estuve a punto de desistir. Se me ocurrió coger una pala y cavar alrededor para tener sitio por donde cogerlo, a pesar de que aquello era muy estrecho. ¡Con la prisa que yo tenía!… Al quitar la tierra que lo rodeaba pude agarrarlo con los guantes y cogerlo. Lo puse en un lugar alejado entre matorrales. Allí se quedó hecho una bola y totalmente inmóvil, me alejé y fue mientras me alejaba cuando me pareció oir la voz de mi conciencia, que es la que usa Dios a menudo para hablarme diciéndome:
Con la misma desconfianza que ese erizo, me recibiste a mí. Vine a salvarte, darte la vida y ayudarte y tú más te aferrabas a tus cosas y hábitos. ¡cuánto me costó llegar a ti!... Mirabas a tu alrededor y sólo veías obstáculos, y muy de vez en cuando mirabas hacia arriba, pero había mucha distancia al lugar desde donde caíste, estabas totalmente perdido, era cuestión de días, sin embargo tampoco aceptabas mi ayuda. Reconocí aquella voz, porque sólo había conocido una persona que me hablaba con tanto amor. Era mi Señor Jesús.
Marché a mi lugar de trabajo mientras se me iban saltando las lágrimas por el camino. ¡Has sido tan bueno conmigo!... Le dije. Gracias Señor porque no tuviste en cuenta mi obstinación cuando huía de ti. Te costó tanto  salvarme…

Ha decidido

Hace un tiempo tuve un hermano durante 27 años que quise como a un hijo, como un hermano y como un amigo. En él puse todas las esperanzas, deseando con todo mi corazón que no pasara por donde yo pasé, que no viviera como yo viví, y sin intención de alardear, por qué no, también pensé que ojalá que se esforzara en la vida como yo lo hice. Ciertamente él debería ser mejor persona que yo. En medio de ese pensar y caminar yo crecía, hasta el punto de casarme con 23 añitos por vez primera. Y así fue cómo me fui distanciando por las circunstancias lógicas de nuestras diferencias familiares.

En ese punto y estado, se quedaron mis padres solos frente a un chico con ansias lógicas de cambiar lo incambiable y descubrir lo descubierto. Como buenos padres y sinceros sentimientos quisieron terminar de educar a ese corazón tierno pero indefinido. ¡Manos a la obra! Dijeron. Además como es el último que nos queda en casa, con él no fallaremos.

Tuvo un padre que estuvo dispuesto a darlo todo desde el día que empezó la carrera de ser padre, cuando digo todo, es todo, aunque para conseguirlo se equivocara diez veces por segundo. Así que junto con su esposa comenzaron la labor de sobreproteger, mimar, conceder, dar, dejar… en definitiva quisieron que esa última oportunidad que les brindaba la vida de dejar un remanente, llegara a ser la culminación de una vida recompensada. Sin duda sobraban buenas intenciones.

Pero aquí llega la parte que nunca hubiera querido escribir y aún mucho menos vivir. Es la parte donde para conseguir estos padres su propósito tuvieron que decidir cómo hacerlo. Es famoso el dicho de que ningún hijo llega con el manual de instrucciones, pero los que somos padres es raro el día que no registramos toda la casa para ver si por casualidad estuviera en algún rincón y no nos hubiéramos dado cuenta.

Yo ahora desde mi perspectiva que me brinda la edad y las vivencias, la experiencia la entiendo como aquel que sube una colina de espaldas, cuanto más sube más cansado y más débil está, pero el valle que cruzó, lo ve desde un objetivo más amplio. No es más sabio que cuando empezó la escalada, simplemente ve más.

Nadie se equivocó, todos lo hicimos bien, entonces… ¿se cumplió el objetivo de crear al mejor muchacho del mundo?

Las personas no se crean, no se forman, no se convencen, no se obligan. Lo más que llega a hacer una persona a otra es influenciarla, pero todos queramos o no queramos nos guste o no nos guste, al final siempre “decidimos.”  Nadie se equivoca, sólo decide.

Estoy pensando en mi querido hermano, “él decidió.” Para mí hay una decisión que tomaremos cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida, como otras millones de decisiones.

Recuerdo que cada vez que veía a mi hermano poco antes de morir de forma repentina, le decía: Paco, ¿le has dado tu corazón al Señor? Él siempre me contestaba lo mismo en medio de una sonora sonrisa. Qué pesado que eres Tete (así me llamaba) pues claro, cada vez que me ves me preguntas lo mismo. Yo con una sonrisa aún mayor y profunda que la suya, me decía…

“Ha decidido.”

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